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El exilio de Abu Simbel

Templo de Nefertari, de Abu Simbel, en la montaña artificial creada para su reubicación
Templo de Kalabsha reconstruido junto al lago Nasser
El Templo de Debod, un regalo de Egipto a Madrid
Interior del templo de Ramsés II, en Abu Simbel
Fachada del templo de Ramsés II, en Abu Simbel

Imagina cómo sería trasladar toneladas de piedras de templos del Antiguo Egipto. Esto es lo que sucedió a mediados de los años 60 en Abu Simbel.
Tan asombrosa es la construcción de Abu Simbel, hace aproximadamente 3200 años, como fue su traslado hace poco más de cincuenta. Ambas obras son proezas de la ingeniería, cada una de su época, que muestran la habilidad y la capacidad del ser humano para realizar grandes gestas como la construcción y el posterior salvamento de estos templos faraónicos.

Corrían los años 50 cuando los gobiernos egipcio y soviético decidieron proyectar una represa en la ciudad de Asuán. Ya existía una presa en esta localidad, creada por los británicos a principios del siglo XX, pero de tan pequeño tamaño que tuvo que ser ampliada en dos ocasiones, en 1912 y en 1933, hasta alcanzar los 54 metros de altura. A pesar de las ampliaciones estuvo a punto de desbordarse en 1946, por lo que se decidió crear una segunda presa ocho kilómetros más al norte: la llamada Presa Alta de Asuán. Gracias a ella se acabaría con las impredecibles inundaciones anuales que asolaban los territorios de la zona y se proporcionaría energía eléctrica a gran parte del país.

El diseño de esta estructura generó un nuevo problema para el gobierno de Egipto: el lago artificial Nasser, que empezó a formarse tras la construcción, iba a sumergir bajo sus aguas una parte importante del patrimonio egipcio. Entre el cual destacaba Abu Simbel, formado por los templos de Ramsés II y Nefertari, descubierto en 1813 por el arqueólogo Johann Ludwig Burckhardt tras haber estado oculto bajo la arena durante más de 2.000 años. Hubo varias ideas para salvar del agua estos tesoros. Una de ellas, proclamada por el productor británico de cine William MacQuitty, proponía construir otra presa alrededor de los monumentos para contener las aguas del Nilo. Los turistas visitarían los templos a través de unas galerías ubicadas a distintas alturas. El proyecto llegó a ser redactado, y se cree que hubiera sido la mejor opción para la conservación de los templos, pero no llegó a desarrollarse. Otra idea proponía alzar los monumentos mediante un sistema de cabrias. Finalmente, tanto el gobierno egipcio como la Unesco optaron por una tercera solución: trasladar los templos.

Pieza a pieza, fueron desmontando los templos de Kalabsha, Bet el-Vali o Kertassi y trasladándolos temporalmente a la isla de Filae, próxima a la represa. Más tarde fueron movidos a la isla Agilkia donde se hallan en nuestros días. Otras construcciones no tuvieron la misma suerte y no pudieron ser salvadas. Por ejemplo, el ‘speos’ o templo funerario de Gerf Hussein, edificado en tiempos de Ramsés II por el virrey de Kush, quedó sepultado bajo las aguas del lago a la espera de que algún día la tecnología pueda rescatarlo.

Por fortuna, el templo de Abu Simel pudo ser trasladado a un lugar 65 metros más alto, a unos 200 metros al oeste del emplazamiento original. Se desmontaron en primer lugar los bloques superiores y luego, los más bajos. La mayoría de estas piezas fueron restauradas antes de su recolocación. Se crearon también muros de contención para reforzar los templos una vez reconstruidos. En esta titánica obra se movieron alrededor de 15.000 toneladas de roca, divididas en 1305 bloques de hasta 30 toneladas cada uno. Los trabajos duraron cuatro años y finalizaron en 1968. Egipto contó con la ayuda de expertos e ingenieros de más de 22 países y un presupuesto de 36 millones de dólares aproximadamente.

Es de bien nacidos ser agradecidos

Como agradecimiento por la ayuda en las obras de traslado de Abu Simbel, Egipto regaló a Nueva York y Madrid los templos de Dendur y Debod respectivamente. El primero puede visitarse en el Museo Metropolitano de Nueva York, mientras que el segundo se encuentra al aire libre, en uno de los mejores lugares donde contemplar el atardecer en la capital española. Países Bajos e Italia también recibieron su recompensa. Los neerlandeses obtuvieron el templo de Tafa, que se trasladó al Museo de Leiden, y los transalpinos el ‘speos’ de el-Lesiyya, exhibido desde entonces en el Museo Egipcio de Turín.

La luz solar del templo de Ramsés II

Cuando fue construido, debido a su situación, el santuario del templo de Ramsés II recibía luz solar sólo dos veces al año. Entonces se iluminaban las estatuas de Amón, Ra y Ramsés pero quedaba oculta la cara de Ptah, el dios de la oscuridad. Esto sucedía cada 21 de febrero, fecha del nacimiento de Ramsés II, y cada 21 de octubre, fecha de su coronación. Al cambiarlo de situación, los ingenieros tuvieron en cuenta esta circunstancia pero cometieron un pequeño error de cálculo: en nuestros días las estatuas reciben la luz el 20 de febrero y el 22 de octubre.

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