La cara encalada de Ibiza
Lejos de sus tres reclamos turísticos: playa, fiesta y ambiente 'hippie', la isla conserva con esmero un conjunto de pequeños pueblos con mucho encanto.
Un anciano guarda los aperos de labranza de su huerta en una caseta. No solo no está de vacaciones, sino que quizá ni siquiera haya ido nunca a Platja d’en Bossa. Vive en una de esas localidades alejadas de la costa y del mundanal ruido de las macrodiscotecas. Es la otra Ibiza o una de las muchas Ibizas que existen y que también merece una visita. Para toparse con estos pueblos, solo es preciso alquilar un coche y perderse por las estrechas carreteras que conectan el interior de la isla.
Uno de ellos es Sant Rafel de sa Creu. A solo ocho kilómetros de Sant Antoni de Portmany, es pequeño y modesto. No guarda parecido alguno con Amnesia, la discoteca que está a las afueras. Su principal motor económico es la cerámica y ha sido catalogado en exclusividad Zona de interés artesanal. La mayor inspiración para los ceramistas es la cultura púnica, herencia de los antiguos moradores cartagineses. Desde entonces ha sido una zona de paso, por lo que está repleto de bares y restaurantes donde probar platos típicos como el ‘guisat de peix’ o un buen ‘sofrit pagès’. El mirador de su iglesia ofrece una preciosa panorámica de Eivissa y del Mediterráneo.
En un ambiente más cultural se mueve Sant Carles de Peralta. Entre almendros, algarrobos e higueras se dan cita numerosos eventos culturales desde los años 50, cuando un nutrido grupo de intelectuales llegaron para establecer aquí su residencia. Y si en Sant Rafael se come, aquí se bebe. En bares como Ca n’Anneta sirven el tradicional licor de hierbas ibicencas entre exposiciones y conciertos.
Comer un bocadillo de jamón en una terraza de Santa Gertrudis de Fruitera es casi tan común como degustar comida de vanguardia en sus restaurantes, entre mediterráneos, veganos y hasta asiáticos. Y es que la vida social es una de las mejores bazas de este pueblo con una iglesia de 1797, donde también existen tiendas de anticuarios y artesanos. Y un detalle que no pasará desapercibido, a las afueras se sitúa el Hippy Market Las Dalias.
Al norte de la isla se encuentra Sant Joan de Labritja, el municipio menos habitado de la isla. Dedicado casi en exclusiva a la agricultura, es el punto de partida para las excursiones a la torre defensiva de Balanzat, a las cuevas d’en Marçà y al yacimiento de Es Culleram. Fue ahí donde se encontró la pieza arqueológica más importante de la historia púnica pitiusa: la diosa Tanit. De camino hacia la zona costera, se encuentran además algunas de las calas más conocidas de la isla como la de Benirràs. Aquí se organiza la tamborrada con motivo de la puesta del sol.
Bajo el ala de Sant Joan de Labritja se ubican otros pueblos casi vírgenes como Sant Joan, Sant Miquel, Sant Vicent y Sant Llorenç. Cerca de esta última localidad puede apreciarse la arquitectura tradicional ibicenca, en el viejo poblado de Balàfia. Compuesto por solo cinco casas payesas y dos torres defensivas de gran valor arquitectónico, cuenta con una iglesia del siglo XVI. Su forma de cruz la diferencia del resto de templos ibicencos.
Todos estos pueblos ibicencos han nacido de una concentración de las típicas casas payesas blancas. Como norma, contaban con una impoluta iglesia encalada y estaban rodeados de anchos campos de agricultura. Pueblos antiguos de labradores y pescadores que, a pesar del ‘boom’ turístico de la isla, han conseguido sobrevivir.
Uno de ellos es Sant Rafel de sa Creu. A solo ocho kilómetros de Sant Antoni de Portmany, es pequeño y modesto. No guarda parecido alguno con Amnesia, la discoteca que está a las afueras. Su principal motor económico es la cerámica y ha sido catalogado en exclusividad Zona de interés artesanal. La mayor inspiración para los ceramistas es la cultura púnica, herencia de los antiguos moradores cartagineses. Desde entonces ha sido una zona de paso, por lo que está repleto de bares y restaurantes donde probar platos típicos como el ‘guisat de peix’ o un buen ‘sofrit pagès’. El mirador de su iglesia ofrece una preciosa panorámica de Eivissa y del Mediterráneo.
En un ambiente más cultural se mueve Sant Carles de Peralta. Entre almendros, algarrobos e higueras se dan cita numerosos eventos culturales desde los años 50, cuando un nutrido grupo de intelectuales llegaron para establecer aquí su residencia. Y si en Sant Rafael se come, aquí se bebe. En bares como Ca n’Anneta sirven el tradicional licor de hierbas ibicencas entre exposiciones y conciertos.
Comer un bocadillo de jamón en una terraza de Santa Gertrudis de Fruitera es casi tan común como degustar comida de vanguardia en sus restaurantes, entre mediterráneos, veganos y hasta asiáticos. Y es que la vida social es una de las mejores bazas de este pueblo con una iglesia de 1797, donde también existen tiendas de anticuarios y artesanos. Y un detalle que no pasará desapercibido, a las afueras se sitúa el Hippy Market Las Dalias.
Al norte de la isla se encuentra Sant Joan de Labritja, el municipio menos habitado de la isla. Dedicado casi en exclusiva a la agricultura, es el punto de partida para las excursiones a la torre defensiva de Balanzat, a las cuevas d’en Marçà y al yacimiento de Es Culleram. Fue ahí donde se encontró la pieza arqueológica más importante de la historia púnica pitiusa: la diosa Tanit. De camino hacia la zona costera, se encuentran además algunas de las calas más conocidas de la isla como la de Benirràs. Aquí se organiza la tamborrada con motivo de la puesta del sol.
Bajo el ala de Sant Joan de Labritja se ubican otros pueblos casi vírgenes como Sant Joan, Sant Miquel, Sant Vicent y Sant Llorenç. Cerca de esta última localidad puede apreciarse la arquitectura tradicional ibicenca, en el viejo poblado de Balàfia. Compuesto por solo cinco casas payesas y dos torres defensivas de gran valor arquitectónico, cuenta con una iglesia del siglo XVI. Su forma de cruz la diferencia del resto de templos ibicencos.
Todos estos pueblos ibicencos han nacido de una concentración de las típicas casas payesas blancas. Como norma, contaban con una impoluta iglesia encalada y estaban rodeados de anchos campos de agricultura. Pueblos antiguos de labradores y pescadores que, a pesar del ‘boom’ turístico de la isla, han conseguido sobrevivir.