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Los nativos de Tenerife

Estatuas de los menceyes en Candelaria
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Los guanches fueron los primeros habitantes de la isla, antes de la conquista europea. Hoy, Tenerife busca recuperar la historia de un pueblo al que debe gran parte de su identidad.
Muchos piensan que Tenerife es simplemente un destino de playa, un lugar de veraneo con una gran belleza natural. Pero esta isla alberga un riquísimo legado histórico. El de un pueblo que permaneció sin apenas contacto exterior hasta el siglo XV.
Queda tanto por descubrir que la arqueología es una ciencia viva. Son habituales las noticias sobre hallazgos en los medios locales. A diferencia de la vecina Gran Canaria, Tenerife no los muestra en los yacimientos donde aparecen, sino en el Museo de la Naturaleza y el Hombre. Este museo es un lugar de referencia en Santa Cruz, el mejor sitio para conocer la historia de un pueblo considerado extinto, el guanche. Se sabe que se estructuraban en jerarquías bajo el gobierno de un regente, llamado mencey, y habitaban en cuevas. Vivían del pastoreo nómada y se vestían con pieles de cabra. También se ha descubierto que practicaban el suicidio ritual y momificaban a sus muertos.
Cuando los primeros exploradores europeos llegaron a Canarias encontraron poblaciones que aún vivían como en la Edad de Piedra. Sin embargo, habían desarrollado un pensamiento espiritual complejo. Los guanches, nombre con el que más tarde se designaría a los nativos de todas las islas Canarias, veneraban a un señor del cielo, Achamán, y a una diosa madre, Chaxiraxi. Vivían a la sombra de un demonio maligno y caprichoso, Echeyde, que habitaba en el volcán al que terminaría por dar nombre. Un pensamiento que hace que la visita al Parque Nacional del Teide adquiera una perspectiva insólita: la mirada que dirige un mortal a un dios de cuya furia depende. Años después, el volcán del dios Echeyde se consideraría el mayor tesoro de la isla.
Los guanches fueron un pueblo de origen bereber, llegado a las islas en un par de oleadas migratorias desde las costas africanas entre los siglos V y I a. C. Los historiadores dicen que pudieron ser rebeldes castigados o esclavos que trabajaban en factorías romanas. Se cree que olvidaron la navegación y que volvieron a los útiles de piedra y madera porque en las islas no había metales. Cuando los europeos, con sus grandes barcos, sus armaduras, sus caballos y sus armas de fuego irrumpieron en sus vidas, el choque de culturas debió ser brutal.
Tenerife, la última isla en caer, aguantó durante diez años el asedio de los conquistadores. Resistencia que duró hasta que en 1496 la superioridad armamentística y la mortandad, originada por enfermedades desconocidas hasta entonces, decidieron la batalla. Los supervivientes fueron vendidos como esclavos y dispersados. Las mujeres se desposaron con los colonizadores y el mundo aborigen comenzó a diluirse. Fue fácil. No había registros escritos, ni grandes templos, ni joyas que preservar. Hasta el siglo XIX hubo núcleos rurales que aún hablaban la lengua guanche, pero poco a poco el idioma, junto a la religión, la tradición y la historia pasaron a vivir tan solo en la memoria de los más ancianos. Hasta ahora.
En la actualidad la arqueología canaria ha experimentado un importante despegue. Catedráticos como Antonio Tejera Gaspar o Mercedes del Arco han recuperado la cultura aborigen en sus investigaciones. Y lo mismo ha pasado con la lengua, gracias a figuras como Ignacio Reyes, que ha sido capaz de reconstruir un idioma del que apenas quedan palabas sueltas y topónimos. Dicha lengua ha sido reconocida internacionalmente como amazigh insular, una variante del amazigh que se habla aún en el Norte de África. Esta apuesta por el pasado ha hecho florecer en Tenerife un fuerte sentimiento de identidad. El reconocimiento de un bagaje cultural propio, cuya riqueza aún está por descubrir.

Los rincones donde habita la historia

En Tenerife ninguna oficina de turismo te proporcionará un listado de enclaves arqueológicos. Sus ubicaciones no son reveladas para evitar expolios, así que la única opción es adentrarte en cada paisaje con los ojos y la mente bien abiertos. Recorre los barrancos de Arona o el Madre del Agua, en Tegueste, donde el equipo del arqueólogo Javier Soler ha identificado desde 2011 una serie de cuevas sepulcrales no catalogadas. O el Macizo de Anaga, que recientemente ha proporcionado un importante material en forma de piedras con inscripciones aún por desentrañar y auténticas momias guanches.

Secretos que nos revelan los nombres

Los topónimos son una de las herramientas utilizadas para reconstruir el idioma hablado por los nativos. En tus recorridos por Tenerife observarás dos tipos de nomenclatura: la española y la insular. La primera está plagada de referencias religiosas o conmemorativa de batallas (Puerto de la Cruz, Santa Cruz, San Isidro, La Victoria, La Matanza). En la segunda, destacan los topónimos que comiencen por T y por A, prefijos que indicaban el femenino y el masculino en la lengua nativa (Teguedite, Tacoronte, Tegueste, Arafo, Arico, Arona). Reconocerás las ciudades colonizadas y las rebeldes fijándote tan solo en sus nombres.

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